31 ago. 2012

Unos pensamientos acerca de Robert Baratheon

O mueres como un héroe o vives lo suficiente para verte convertido en un villano.

Imagínense a un príncipe azul, criado desde pequeño para matar dragones y rescatar princesas. Puede ser que haya recibido mucho entrenamiento, pero sólo la hora de la verdad va a probar si el entrenamiento dio sus frutos. Bueno, en este caso el príncipe valía lo que cotizaba, cumplió su misión y mató al dragón. No pudo rescatar a la princesa, pero no fue su culpa. La cuestión es que le dio la paz al reino. Y qué hace un príncipe azul cuando ya cumplió su misión. Deberían ser descartables esos tipos.
Pobre Robert, no le quedó otra más que la decadencia.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó Ned.
—Por sus heridas, ya debería estar muerto. Nunca había visto a nadie aferrarse a la vida con tanta energía.
—Mi hermano ha sido siempre muy fuerte —dijo Lord Renly—. Quizá no muy sabio, pero siempre fuerte. —El calor asfixiante de la cámara le había perlado la frente de sudor. Allí, de pie, parecía el fantasma de Robert, otra vez joven, moreno, atractivo—. Mató al jabalí. Se le salían las entrañas del vientre, pero consiguió matar al jabalí —se maravilló.
—Robert nunca fue hombre que abandonara el campo de batalla mientras quedara un enemigo en pie —le dijo Ned.



Recordemos su esplendor.






—A Lyanna la vengaste en el Tridente —dijo Ned al tiempo que tiraba de las riendas para detenerse junto al rey. «Prométemelo, Ned», había susurrado ella.
—Eso no me la devolvió. —Robert apartó la vista, clavó la mirada en la distancia gris—. Maldigo a los dioses, me concedieron una victoria vacía. Una corona... ¡Yo había rezado por tu hermana! Por recuperarla sana y salva, y que fuera mía de nuevo, como estaba previsto. Dime, Ned, ¿de qué sirve llevar corona? Los dioses se burlan de las plegarias de reyes y pastores por igual.





Un poco de humor también, seguro es lo que hubiera querido.

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